
Desde la infancia soy un confeso seguidor de la fotografía. Recibí mi primera cámara analógica, un Praktica «L» alemana junto con un pequeño fotómetro Gossen, a los nueve años. A los catorce tenía mi propio laboratorio fotoquímico. Tres años después trabajaba con equipos de formato medio 6×4 y 6×6 Pentax gracias a padre, una extraordinaria persona que supo conducir mis inquietudes con inteligencia y la persona a la que debo todo lo soy. Mientras que la música es un proyecto general en el que construyo cosas con los demás, un reto colectivo, a la vez experiencia privada inagotable y una fuente de investigación y curiosidad, la fotografía, decía, es una disfrute estético casi por completo privado, una búsqueda del mensaje visual y de las experiencias que necesarias para obtenerla.
Con la caída del mundo analógico, que olía a permanganato potásico, a revelador D76 de Kodak en una botella que reflejaba un tenue luz roja en unos pocos metros cuadrados, y la consecuente llegada de los sistema digitales mi afición se vio muy menguada. Sólo hace seis años volví con una fuerza semejante a los que había sido parte de mis sueños hasta los 35 años. Ahora tengo casi el doble. Mi hija ha sido clave para este extraño renacimiento, o si se prefiere se trata, de una conversión a regañadientes tardía. De alguna forma otra he logrado convivir con los sistemas digitales y las tarjetas de memoria sin que haya despejado por completo todo resquicio de traición a la fotografía del cuarto oscuro.
La coexistencia de la fotografía con los procesadores digitales como photoshop es algo que llevo muy mal. Adentrarme en el procesamiento digital ha sido un dolor de «cabeza permanente», y filosóficamente objeto de un debate personal al disociar la imagen final de la fuente original, lo que está antes del objetivo. Por el medio hay demasiada irrealidad. No obstante, la filosofía no sirve para demasiadas cosas y estamos obligados a reconocer que esta forma de hacer fotografía es la que corresponde al presente, y también puede resultar un buen medio de expresión, para el vuelo de la creatividad, aunque a veces desenfrenada.
Los cacharros de audio apenas tiene innovaciones interesantes. Sobrevive a base de reediciones. Los elementos de máximo prestigio son aquellos vinculados al hardware analógico, si exceptuamos la conversión analógica – digital que en estos momentos retrocede. Nunca han sido tan caros los buenos conversores ADDA. En la fotografía las cosas avanzan a un ritmo increíble, veloz. La tecnología de los sensores, los estabilizadores de objetivo y cámara, la fotometría, la calidad de los cristales de la óptica son día a día mejores. Es verdad que cambiaría todos esos aparatos por un sistema de placas 11×9 y una cámara con óptica «con cortinillas». Lamentablemente el nivel de entrada para un aficionado al mundo analógico de placas en blanco y negro y al sistema de impresión química es prohibitivo respecto una cámara de formato medio digital. Por fortuna, la impresión digital en papel es un complemento muy valioso para terminar un proyecto con el aire que recuerda a los viejos papeles de nitratos de plata. Por ahora, habrá que conformase con una cámara APS-C o Full-frame de 35mm (FF). Quizás en algún momento emprenda la adquisición de una cámara de formato medio digital.
Los productos son audio más costosos, aproximadamente en x 2,5 veces. Una óptica excelente Fujinon, Sony, Zeiss o Leica para puede costar 1,5K euros, que sería el precio de un micrófono de serie más media que alta. La inversión en un micrófono se serie alta como los M149 de Neumann ronda los 3,5K euros sin ser excepcional. Hay que andarse con pies de plomo.
Este post describe una aventura. Dejaré aquí una muestra de los resultados y alguna reflexión.